lunes, 6 de abril de 2009

Dos bocas, un cuerpo...

Se aplastaron con la piel el alma, la marcaron con tanta fuerza que se daño por completo. Nadie los volvió a separar. Se acoplaron de tal forma, que a pesar de la distancia se sentían el uno al otro.
Ninguno sabe si amo ni si se van a volver a buscar, pero aseguran que están sumergidos en el cuerpo del otro, entre las viseras, los pulmones y la sangre.
Ahora que ya no se ven, un pedazo de su memoria los invita a recordarse varias veces a la semana, como un litigio de angustia a lo antiguo.

El último instante de la partida los vieron juntos por el parque. El ambiente estaba frío. Un silencio aterrador envolvía el inmenso jardín que los árboles aplacaban con un sonido quisquilloso cuando se juntaban las hojas por el viento.
Una brisa helada movía sus ropas al caminar, mientras las hojas seguían cayendo decorando a los personajes enjaulados que deambulaban como dos ermitaños.
No hablaban, sólo miraban al frente como extraños que se enlazaron por azar; sin embargo, se palpaban cada vez para reconocerse. Tenían ese instinto de tocarse como animales frotando la tierra. Ese roce agitador de los cuerpos para que fueran uno, sin unirse.
Acariciarse. La locura por sentir el pedazo de carne que retuerce las entrañas. A la vez, asumían una desesperación por el olor del otro, ese aroma embriagador que los extasiaba. El olfato entregaba el descanso mental de saber que no estaba esa figura en otra parte, si no anexada a ti. Unos lo llaman deseo, para ellos era necesidad.
No estaban y lo sabían, existía otro mundo, dos vidas distintas que se repelaban por tanta carga; por miedo, por lágrimas, por luchas sin sentido. Aquellas situaciones fortuitas de descuido que los empujaron a la distancia. Además, existían terceros que la sociedad les daba más garantías que el obsesión de tenerse.
La cobardía, con lo propio fue la principal causa que termino por aniquilar sus mentes. Fatal condición humana que incita el miedo a no arriesgar por el otro lo que el corazón anhela, pero que la razón aplaca por temor al cambio y al fracaso.
A pesar de todo, los unía la pertenencia. Esa maldita pasión de sentir, que lo que tocamos es parte de nuestro cuerpo…
“Tú me perteneces porque sé como te mueves, conozco como lates, como giras, como te entrelazas en mis piernas. Tú cuerpo es mío y solo mío. Tú me diste tu vientre y lo lamo para dejarte mi saliva marcada, para que otro no entre; y si alguna vez llega otro a sentirte, estará mi olor debajo de tus caderas y yo, en otro lado sin verte, sentiré como me recuerdas.”
“Me recuerdas más tú, porque mi aroma no lo encuentras donde vas. La sangre no miente, se agita cuando me hueles y lo noto. Me perteneces, porque me entregue a ti tan lento que marque tus entrañas. Eres mío porque te di el placer de babear mi cuerpo con delicadeza, con eso te perturbo. No hay otra que te toque como yo lo he hecho, con suavidad porque no hay piel más tersa que la mía, porque te rozo y tiemblas, con eso me recuerdas”
Paz

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