martes, 7 de abril de 2009

Mientras duermes

Tu piel cerca de mí con esa infinita ternura de tu rostro hundido en un profundo sueño. Que ganas de estar dentro de ti, para sentir lo que es ser tú al dormir. Cuando dejas de estar confundido, cuando me abrazas sin darte cuenta, cuando eres tú sin temores ni miedos. Que daría por entender lo que es tu alma sin miles de preguntas, en los momentos en que todo es claro: sólo yo y tú en una cama, apretándonos por complacencia.
¿Qué más se necesita comprender? Si estoy a tu izquierda vencida, incrustada entre tus piernas, inclinada en tu espalda. Yo de rodillas esperando tu aire, con el corazón afectado de tanta indiferencia. Si pareciera que aunque te acaricio con mis manos, estas a miles de kilómetros. A pesar de la distancia, te siento respirar y con eso me conformo porque estas cerca de mí, con tus manos en mis muslos, sintiendo lo que es tuyo por pertenencia.
Soy de ti porque dejo de ser yo cuando estoy contigo. Y no es que abandone lo que soy, si no al contrario, sigo siendo quien conociste pero dentro de ti. Sumergida en lo que es amar sin esperar nada a cambio, sin desear nada. No pido nada ni quiero todo, solo despertar y ver tu cuello en mi boca, con tu mano en mi pelo y ese afecto que a veces nace de tus palabras.
Soy tuya porque estoy a tu lado sin estarlo, entre tus sábanas, esperando que tus ojos se abran para que puedan volver a mirarme, con esas ganas que alguna vez tuviste. Con tu brazos anexados a mi cintura, con esa ansiedad del mañana. Un futuro que en un principio prometiste en los instantes en que no te importaba la “diferencia”.
Lo distinto, lo contrario, lo inverso, todo los que dices que es opuesto lo uno del otro ¿Qué diferencia habrá en dos personas que sueñan con la felicidad, con la alegría, con la vida tranquila, con la paz, con el amor, con el mar?
Para mí, sólo somos seres humanos que buscamos lo mismo pero de diferentes maneras, y por lo que sé, la forma no implica el fondo. El igual modo es aburrimiento y no hay insatisfacción más grande que escuchar la símil de dos bocas separadas.
Si amaste antes o después que yo, si nos equivocamos o aprendimos, si fue mejor o peor, si nos conformamos o luchamos, si somos cobardes o valientes, amantes o amigos, nada hoy importa. Lo único que interesa es que se quiso y mucho. Nunca se dejo de querer, es lo que sé; y lo que por mi parte siempre demostré.
Hoy estoy congelada, ya no pienso ni me pregunto, sólo te dejo pasar y me conformo con el silencio. Te amo y mucho, eso es cierto, pero sé vivir amando a alguien que no sabe hacerlo. No hay felicidad si no hay voluntad de ser feliz. Con eso me quedo…
Paz

lunes, 6 de abril de 2009

Dos bocas, un cuerpo...

Se aplastaron con la piel el alma, la marcaron con tanta fuerza que se daño por completo. Nadie los volvió a separar. Se acoplaron de tal forma, que a pesar de la distancia se sentían el uno al otro.
Ninguno sabe si amo ni si se van a volver a buscar, pero aseguran que están sumergidos en el cuerpo del otro, entre las viseras, los pulmones y la sangre.
Ahora que ya no se ven, un pedazo de su memoria los invita a recordarse varias veces a la semana, como un litigio de angustia a lo antiguo.

El último instante de la partida los vieron juntos por el parque. El ambiente estaba frío. Un silencio aterrador envolvía el inmenso jardín que los árboles aplacaban con un sonido quisquilloso cuando se juntaban las hojas por el viento.
Una brisa helada movía sus ropas al caminar, mientras las hojas seguían cayendo decorando a los personajes enjaulados que deambulaban como dos ermitaños.
No hablaban, sólo miraban al frente como extraños que se enlazaron por azar; sin embargo, se palpaban cada vez para reconocerse. Tenían ese instinto de tocarse como animales frotando la tierra. Ese roce agitador de los cuerpos para que fueran uno, sin unirse.
Acariciarse. La locura por sentir el pedazo de carne que retuerce las entrañas. A la vez, asumían una desesperación por el olor del otro, ese aroma embriagador que los extasiaba. El olfato entregaba el descanso mental de saber que no estaba esa figura en otra parte, si no anexada a ti. Unos lo llaman deseo, para ellos era necesidad.
No estaban y lo sabían, existía otro mundo, dos vidas distintas que se repelaban por tanta carga; por miedo, por lágrimas, por luchas sin sentido. Aquellas situaciones fortuitas de descuido que los empujaron a la distancia. Además, existían terceros que la sociedad les daba más garantías que el obsesión de tenerse.
La cobardía, con lo propio fue la principal causa que termino por aniquilar sus mentes. Fatal condición humana que incita el miedo a no arriesgar por el otro lo que el corazón anhela, pero que la razón aplaca por temor al cambio y al fracaso.
A pesar de todo, los unía la pertenencia. Esa maldita pasión de sentir, que lo que tocamos es parte de nuestro cuerpo…
“Tú me perteneces porque sé como te mueves, conozco como lates, como giras, como te entrelazas en mis piernas. Tú cuerpo es mío y solo mío. Tú me diste tu vientre y lo lamo para dejarte mi saliva marcada, para que otro no entre; y si alguna vez llega otro a sentirte, estará mi olor debajo de tus caderas y yo, en otro lado sin verte, sentiré como me recuerdas.”
“Me recuerdas más tú, porque mi aroma no lo encuentras donde vas. La sangre no miente, se agita cuando me hueles y lo noto. Me perteneces, porque me entregue a ti tan lento que marque tus entrañas. Eres mío porque te di el placer de babear mi cuerpo con delicadeza, con eso te perturbo. No hay otra que te toque como yo lo he hecho, con suavidad porque no hay piel más tersa que la mía, porque te rozo y tiemblas, con eso me recuerdas”
Paz

Presencia


"Echar de menos es un poco como el hambre. Sólo se pasa cuando se come la presencia. Pero, a veces, el echar de menos es tan profundo que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona entera. Esa gana de ser el otro para una unificación entera es uno de los sentimientos más urgentes que se tiene en vida."
Clarice Lispector.